sábado, 10 de marzo de 2012

POR LA VIRGEN DE ARANZAZU

En un pueblo de Cigoitia, habia una familia que profesaba tradicional devoción á la Virgen de Aránzazu.
El jefe de la misma, Saturnino Fernandez de Erive, fué uno de los que asistieron á la gran peregrinación alavesa al Santuario el año 1881; como recuerdo de la cual y en sitio preferente, en el templo de Aranzazu fué colocado un magnífico estandarte de la Virgen Blanca.
Varias veces, el citado Erive, teniendo congregados á los convecinos á su alrededor, solía contarles las impresiones que del religioso acto conservara bien grabadas; saltándosele las lágrimas al hacerse eco de la piedad y fervor de que hicieron ostentación todos los peregrinos.
Era de oirle referir el viaje precioso que llevaron hasta Oñate, atravesando la alegre carretera construída en la barrancada que forman los frondosísimos montes; el recibimento de Oñate; la procesión que se formó en esta villa para subir la cuesta rezando el misterio correspondiente y la salve en cada una de las quince Cruces, hoy Capillas, conmemorativas del rosario, hasta llegar á varios pasos antes de la basílica, en donde esperaba la Comunidad franciscana con Cruz y ciriales; la entrada en el templo todo iluminado y descubierto el precioso Camarín de la Virgen, de plata repujada estilo Luis XV, su Corona también de plata y de oro la del Niño, ambas con piedras preciosas, valorado todo en 40000 duros y restaurado este año; la emoción con que, rodilla en tierra, á los pies de la Virgen cantaron los peregrinos de la Benedicta, Salve y Tota Pulcra; la plática de salutación del P. Rector, y otras mil cosas y detalles que hacían su relato interminable.
Ponderando después el paisaje, describia á su modo la extrañeza que le causara contemplar aquella interminable hilera de montañas, siempre adosado a las mismas algún girón de niebla, que, como jugueteando con ellas, tan pronto se extendía una faja estrecha, alrededor de un picacho, para abrazarlo, como subía serpeando á la cima, y se alejaba después de besarla.
¿Y los caserios? Aquellas casitas blancas, que cual palomas aparecían diseminadas, ya coronando una cúspide, ó escondidas en lo profundo de intrincados y laberínticos barrancos.
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El 19 de Junio último, se cumplió el décimo noveno aniversario del triste suceso que vamos a relatar.
Descargaba una tormenta, y durante ella, relámpagos y truenos sucedíanse, cada vez con mayor intensidad.
En una casa, la más extraviada de la aldea y más próxima al cementerio del lugar, habitaban el anciano José Ortiz de Guzmán, Saturnino Fernández de Erive, la mujer de éste é hija del primero María, é Ildefonso, hijo de los últimos.
En la Iglesia tocaban a conjurar, pero solamente el joven lldefonso tuvo ánimos para atravesar el pueblo, llegando al templo calado hasta los huesos..
Una mujer, según llegaba al pórtico de la Iglesia, citada creyó ver caer un rayo hacia la casa de José, y con el natural espanto dió aviso á los vecinos.
Qudáronse los más terminando de rezar los exorcismos. Ildefonso no tuvo paciencia para aguardar, y seguido de otros, acudió á su casa presuroso, por sí hubiera ocurrido alguna desgracia.
Próximos ya á la apartada vivienda, dióles mala espina al ver en el centro del tejado unas cuantas tejas levantadas. Entran, llaman y nadie les contesta: salvan rápidamente las escaleras que conduce á la sala del piso principal, y un apestoso olor como de azufre les hace retroceder.
Al fin penetran en la estancia y se encuentran ante un cuadro tristísimo, (histórico).
Un rayo, atravesando el gallur y techo, penetró en la sala en donde Saturnino, con el rosario de la Virgen de Aránzazu en la mano, rezaba devotamente los misterios, siendo contestado por su padre y su mujer. El rayo hizo los destrozos siguientes:
Al pobre anciano José, lo dejó muerto; María su hija, quedo atontada; y á Saturnino le destrozó el pantalón y la alpargata derecha, le levantó la piel en cuello y manos, le dejó carbonizado el rosario que entre éstas enía, pero quedando intacta la Cruz en la que estaba grabada la Virgen de Aránzazu, y lo lanzó á la habitación inmediata.
El rayo atravesó dos habitaciones, perforó el medianil y salió por la chimenea á la cocina.
Desde entonces, al hacer Saturnino referencia al suceso, repetía siempre con fé:
-Si, quedé salvo, pero fué por la Virgen de Aránzazu. Ella me libró de la muerte.
CUENTOS ALAVESES (Ó LO QUE SEAN) por IZAR (1912)

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